Sacramento de Caridad

«La Santísima Eucaristía es el don que Jesucristo hace de sí mismo, revelándonos el amor infinito de Dios por cada hombre».

Alimento de la Verdad

«En el Sacramento del altar, el Señor viene al encuentro del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, acompañándole en su camino. En efecto, en este Sacramento el Señor se hace comida para el hombre hambriento de verdad y libertad.»

Misterio de la Fe

«La Eucaristía es el compendio y la suma de nuestra fe. El Misterio Eucarístico es como el corazón y el centro de la Sagrada Liturgia, por ser la fuente de la vida que nos purifica y nos fortalece.»

Don gratuito de la Santísima Trinidad

«En la Eucaristía se revela el designio de amor que guía toda la historia de la salvación. En ella, el Deus Trinitas, que en sí mismo es amor, se une plenamente a nuestra condición humana.»

El Pan que baja del cielo

«En la Eucaristía, Jesús no da "algo", sino a sí mismo; ofrece su cuerpo y derrama su sangre. Entrega así toda su vida, manifestando la fuente originaria de este amor divino. Él es el Hijo eterno que el Padre ha entregado por nosotros.»

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sábado, 27 de febrero de 2016

Amor y Eucaristía

El mayor mal del tiempo es que no se ve a Jesucristo como al mismo salvador y Dios. El mal de la piedad estéril es que ésta no parte de Jesucristo y tampoco lleva a Él. Se detiene en el camino, se satisface con las formas externas. El amor divino que no pone ya su vida, su centro, en el Sacramento de la Eucaristía, no se encuentra ya capaz de explicar su poder. Se apaga pronto, como un fuego que no se alimenta. Se convierte rápidamente en un amor puramente humano.

San Pedro Julián Eymard (1811-1868)
Fundador de la Congregación del Santísimo Sacramento.

sábado, 20 de febrero de 2016

Adoración y apostolado

La adoración es la contestación más urgente que debemos oponer a una sociedad donde la eficacia ha llegado a ser un ídolo, sobre cuyo altar se sacrifica muchas veces hasta la misma dignidad humana.
El tiempo consagrado al Señor no quita nada al apostolado. Muy al contrario, es fuente de fecundidad en el apostolado.
Lo mismo que el alma al cuerpo, así la oración da vida, coherencia, espíritu, finalidad, al movimiento apostólico.
La adoración ante todo nos sitúa ante al El Señor, nos purifica en las intenciones, en los sentimientos, en nuestro corazón y produce la conversión interior sin la cual no hay verdadero apostolado.
Recordad frecuentemente que un rato de verdadera adoración tiene más valor y fruto espiritual que la más intensa actividad, aunque se trate de la misma actividad apostólica.

 San Juan Pablo II